En mi país, existen muchas leyendas de una india, hermosa, de cabellos largos, senos firmes. Una belleza alucinante. Resaltada por el broncíneo de su piel, tan semejante a esta tierra. Algunos amigos me comentaron, una leyenda de ella. Según ellos: esta india era sumamente irrespetuosa, sobrepasando los linderos de lo sagrado. En su afán de conquistar su corona celestial se dirigió al firmamento. Allí, todo era bueno, todo era bello. Lo más mínimo era detallado por la india intrusa. Nadie había deparado en ella. Recorrió largas distancias y sólo se detuvo al oír una voz paternal justiciera, que le dijera -¿qué haces, aquí? ¡no tenías derecho! ¿a qué ángel sedujiste con tu belleza mundana?.¡ Sé que por nada bueno, estás aquí!.
Ella le refirió –¡solamente como reina he venido!. ¡Soy reina y busco un terreno celestial donde establecer mi reino! ¡no te quejes por mi presencia, más de uno desearía verme!.
El le dijo: ¡deja la insolencia, india bruta! ¡solamente, eres reina, porque yo te lo permito y sólo en la tierra tienes reino!. ¡Aquí, no encontrarás nada para ti, sino el peor castigo: el olvido!.
La india no bajó la mirada, ni por un minuto. Sus ojos negros se llenaron de una colérica ironía, que sólo podía interpretarse como un reto frente a lo divino.
Llegó a la tierra y se posesionó de un lugar salvaje y montañoso. Cerca de un río. Tiene enormes cantidades de seguidores, que como culto le llevan flores y frutas (como hacían los paganos con sus dioses griegos). De ella, dicen que es sabia y que tiene el poder de sanar cuerpos mortales. Eso me lo contaron.
Yo no soy creyente, en verdad. Pero respeto la opinión de sus seguidores. Ante lo que ellos dicen, les respondo de tres maneras: ante todo con una incertidumbre, porque pienso que existen muchas cosas, entre cielo y tierra. Luego le ofrezco una sonrisa y finalmente, con una expresión propia - ¡ah, sí!.
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